En los últimos días salieron a la luz documentos y testimonios que confirman algo que muchos sospechaban: la administración Biden ejerció presión directa sobre Google (dueña de YouTube) para moderar, ocultar o eliminar contenido relacionado con la pandemia del COVID-19 y las elecciones en Estados Unidos.
Google admite la presión
Alphabet, matriz de Google y YouTube, reconoció ante el Comité Judicial de la Cámara de Representantes que funcionarios del gobierno realizaron “alcances repetidos y sostenidos” para que la plataforma eliminara videos que no necesariamente violaban sus normas. La empresa calificó estas intervenciones como “inaceptables y erradas” y anunció que permitirá reinstalar cuentas previamente suspendidas bajo esas políticas, particularmente aquellas vinculadas a contenido de COVID-19 y elecciones pasadas.
Un antecedente: las presiones a Facebook
Aunque la novedad de esta semana gira en torno a Google/YouTube, no es la primera vez que se denuncian presiones oficiales. Mark Zuckerberg reconoció que la Casa Blanca también instó a Facebook a retirar publicaciones durante la pandemia, incluso cuando se trataba de sátira o debates legítimos.
El frente judicial
Este conflicto llegó hasta la Corte Suprema bajo el caso Murthy v. Missouri (conocido antes como Missouri v. Biden). Los demandantes (varios estados y usuarios) alegaban que la Casa Blanca había cruzado la línea de la Primera Enmienda al coaccionar a las plataformas privadas. Sin embargo, en junio de 2024, la Corte falló que los demandantes no tenían legitimación (standing) para demandar, evitando así un precedente directo sobre el alcance del poder del gobierno en estos casos.
Implicaciones para la libertad
El problema no es menor. Que un gobierno intente influir en plataformas privadas para suprimir mensajes (aun bajo la excusa de combatir la “desinformación”) abre la puerta a la censura estatal encubierta. En la práctica, significa que un puñado de burócratas puede decidir qué voces se escuchan y cuáles se silencian.
En Puerto Rico, donde el acceso a información diversa es esencial para cuestionar tanto al gobierno local como al federal, este tipo de prácticas deberían encender alarmas. No se trata de defender teorías conspirativas, sino de garantizar que el debate público no quede reducido a lo que las autoridades consideren “apto” para los ciudadanos.
Conclusión
La libertad de expresión no se protege a medias. Si se permite que el Estado utilice su peso para inclinar la balanza en el debate digital, mañana podrán censurar no solo sobre vacunas o elecciones, sino sobre economía, energía o cualquier otro tema incómodo. La verdadera defensa de la democracia comienza por respetar el derecho de los ciudadanos a informarse y opinar sin miedo a ser silenciados.
